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Cerámica de Gorbea: tradición e innovación

El atractivo color rojizo de la greda, sus suaves formas y el enlozado blanco brillante de su interior distinguen las piezas del taller de Víctor San Martín. En Gorbea, en el corazón de la Región de la Araucanía, el artesano y su familia dieron origen a un tipo de cerámica utilitaria única, en la que confluye armónicamente la tradición alfarera de la zona y la innovación. “Nosotros la inventamos. Como Quinchamalí, Pomaire, Nacimiento y otros lugares que tienen greda y tienen sus cerámicas. Gorbea tiene harta greda, es una ciudad de greda, entonces nosotros dijimos ¿por qué Gorbea no tiene su cerámica? Y comenzamos a producirla nosotros” explica Víctor entusiasmado.

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Gorbea: tierra de una rica tradición alfarera

En el área del río Donguil, a poco más de 40 km al sur de Temuco -donde hoy se encuentra la ciudad de Gorbea- fue descubierto en la década de 1970 un eltun; un antiguo cementerio mapuche [1]. Se trata del cementerio de mayores dimensiones que se conoce de la zona centro-sur de Chile y es testimonio de una significativa población mapuche que residía en el área. Las investigaciones arqueológicas permiten establecer el uso del eltun entre el siglo XVIII y principios del siglo XX [2]. La invasión militar chilena a partir de 1860 y la fundación de ciudades significó el desplazamiento forzoso de las comunidades que habitaron el área por generaciones [3]. En 1904 se fundó la ciudad de Gorbea y el antiguo eltun cayó en el olvido.

Pese a que actualmente no quedan evidencias del cementerio, las piezas halladas en este sitio -que actualmente forman parte del Museo Regional de la Araucanía- conforman “una de las colecciones de cerámica arqueológica mapuche más importantes de Chile” [4]. Junto con dar cuenta de la rica tradición alfarera en la zona, cuyos orígenes se remontan a tiempos precolombinos, “la belleza y peculiaridad de estas piezas ha inspirado la obra de artesanos y artesanas”, quienes mediante reproducciones de las vasijas originales han puesto en valor la alfarería mapuche arqueológica [5]. Entre ellos destaca la familia San Martín, radicada en Gorbea desde la década de 1970.

Encuentro con la alfarería mapuche

Víctor descubrió la alfarería gracias a su padre: Sergio San Martín. Si bien era originario de Mulchén, Sergio vivió largo tiempo en Santiago, donde tuvo una activa vida como dirigente sindical de las editoriales Zig-Zag y Quimantú. En la década 1970 las circunstancias políticas lo llevaron a mudarse a Gorbea junto a su familia: “A mi papá siempre le gustó hacer esculturas en greda y se fue a la Universidad Católica [6]. Hizo un curso con mi mamá para aprender a hacer figuras […] Cuando fue a aprender eso, con una profesora, que era suiza, ella estaba enseñando a los niños mapuches a hacer réplicas arqueológicas mapuches, a hacer la piezas antiguas […] Después mi papá se puso a leer y a investigar y dijo «bueno ¡aquí hay historia! »”, recuerda Víctor.

Sergio dedicó su vida a estudiar y rescatar la alfarería mapuche prehispánica. Después de largas horas de estudio y recopilación histórica en colecciones particulares, museos, bibliotecas y archivos, realizó “un registro y catastro de más de 130 piezas” [7]. Usando las técnicas ancestrales de la alfarería, elaboró reproducciones que mantenían rigurosamente la forma, tamaño y color de los originales. A través de sus vasijas -así como también de sus escritos, conferencias y talleres- buscaba difundir la cultura mapuche, a la cual admiraba profundamente desde su niñez. Es por ello, que en la Feria de Artesanía Tradicional de la Universidad Católica recibió el cariñoso apodo de “huinca de los mapuches” [8]. En 2018, pocos meses después de su deceso, el Centro Cultural Gorbea recibió su nombre, como una manera de honrar a quien tanto amó este lugar y su cultura ancestral [9].

Un taller familiar de larga trayectoria

Víctor vivía en El Paico, cerca de Santiago, cuando su padre se mudó a Gorbea: “me mandó a buscar a mí y ahí me vine para acá. Y aquí aprendimos a trabajar en greda”, relata el artesano y agrega: “Nosotros con mi papá empezamos a hacer trabajos de réplica mapuche. Cuando se hacía esa cerámica no se vendía mucho […] Yo vivía con mi papá, entonces dije: «¡tengo que inventar algo para ganar más plata!» Ahí mi señora y yo comenzamos a producir la cerámica, intentar hacerla. Nos costó casi 17 años para llegar a lo que tenemos ahora. Al principio fue harta pérdida”. Después de muchas pruebas, ensayos y errores, Víctor y Sonia finalmente lograron desarrollar las piezas utilitarias de greda enlozada que hoy orgullosamente continúan elaborando en el taller de su casa hace 37 años.

“Lo bueno es que lo que nosotros hacemos nos gusta, queremos lo que hacemos. No nos aburre, nos puede cansar, pero no nos aburre […] Nos gusta cuando sale la horneada y sale todo bonito de adentro”

El matrimonio comparte todas las tareas en el taller, excepto por la “esponjeada” que Víctor deja en manos de su señora y sus hijas: se trata de un proceso muy delicado, en el que se pasa una esponja con agua por el exterior de la greda. Actualmente, el matrimonio trabaja solo. Sus hijas ayudan esporádicamente, ya que tienen sus propios trabajos: “Lo bueno es que lo que nosotros hacemos nos gusta, queremos lo que hacemos. No nos aburre, nos puede cansar, pero no nos aburre […] Nos gusta cuando sale la horneada y sale todo bonito de adentro”, enfatiza Víctor.

Greda y enlozado

Las piezas se elaboran con ayuda de moldes: “Yo hago una pieza en greda y esa pieza se le toma el molde en yeso”, indica el artesano. La greda líquida luego se vierte en los moldes y se lleva a cocción en un horno a altas temperaturas. Posteriormente se realiza el enlozado blanco. Víctor detalla el proceso: “La loza es un polvo que se disuelve en agüita… uno primero hace el bizcocho, la parte de afuera, la quema en el horno, la saca y ahí se echa la loza. Se llena y se vacía al tiro y queda únicamente lo que queda pegado. Como el bizcocho está sequito absorbe y queda la loza pegadita. Es la misma loza que se usa a diario, pero de mayor calidad […] Luego se vuelve a cocinar. Son 7 ½ horas de cocción. El bizcocho son nueve horas”.

“A veces encontrábamos cosas por ahí en el campo, cosas antiguas y le sacábamos molde. Las piezas antiguas y las mías son todas redonditas, son todas lisas. Y la Sonia, mi señora, a veces cuando salimos al supermercado me dice: «¡esto podríamos hacer!» Pero ya la paro ya, porque tenemos muchas cosas”

Para el diseño de las piezas el matrimonio se inspira en lo antiguo y lo moderno: “A veces encontrábamos cosas por ahí en el campo, cosas antiguas y le sacábamos molde. Las piezas antiguas y las mías son todas redonditas, son todas lisas. Y la Sonia, mi señora, a veces cuando salimos al supermercado me dice: «¡esto podríamos hacer!» Pero ya la paro ya, porque tenemos muchas cosas”, explica el artesano entre risas.

El secreto del éxito

Para Víctor el éxito de sus piezas dice relación con su color: “Cuando iba a la feria de la Católica [10], los niños chicos tomaban a la mamá y la tiraban a que viera la cerámica que hacíamos nosotros. Les llama la atención, a lo mejor el cariño que tiene la cerámica llama a la gente”, señala riendo.  El característico color rojizo de la cerámica es el resultado de la mezcla de greda roja, caolín, cuarzo –que permite las piezas no se recojan ni se estiren–, calcio y arena [11]. La proporción perfecta de estos ingredientes que tanto trabajo costó es la que otorga firmeza y resistencia a la cerámica, una cualidad muy apreciada por la clientela del artesano: “A veces llega gente con unos pocillos de unos diez o doce años atrás, todo sucios y me preguntan si los sigo haciendo” destaca.

Motivo de gran orgullo para el artesano y su familia es que todo lo que producen se vende. Desde que comenzó a participar en la Feria de Artesanía Tradicional del Parque Bustamante, su trabajo fue un éxito, tanto así que tenía que esconder algunas cajas para poder llegar con cerámicas al término de la feria. También exportó muchas piezas al extranjero a través de la Comercializadora de Productos Artesanales (COMPARTE).

Artesanía: una forma de vida

En Gorbea Víctor encontró una vida plena y feliz. “La gente a veces tiene todo y no lo ve, quiere más. La gente vive pensando qué va a comprar mañana […] Nosotros vivimos sencillo, tenemos una casita bonita, no es grande ni gigante, tengo mi bonito taller, me hice un quinchito, pero vivimos sencillo […] Lo que me importa son mi señora, mis hijas y mis nietos, ellos son mi vida”, recalca el artesano.

Víctor encontró en su oficio algo maravilloso: “Ser artesano es tener vida. Porque yo antes de ser artesano trabajé apatronado como se dice. Y vivía con horarios y cuando me hice artesano, tuve todo el tiempo del mundo para mí: para mi trabajo, para lo que quería hacer yo, para levantarme a la hora que quisiera, tenía todo. Si quería entraba y salía, si quería no salía. La cerámica te da libertad, te deja ser tú, te deja hacer lo que tú quieres”.

Su casa, junto a la antigua Panamericana, siempre está llena, porque se toma todo el tiempo para recibir visitas de amigos y familiares: “Cuando llegan mis primos o mis amigos a visitarme, yo dejo de trabajar. Puedo estar una o dos semanas sin trabajar, sin perder la responsabilidad de entregar lo que uno tiene que hacer. Nunca he fallado en lo que tengo que hacer, soy muy responsable en eso. Eso es vida, poder estar una semana echado para atrás, como dice la gente, conversando y comiéndose un asadito”. Es frecuente que turistas pasen por su taller de ida o de vuelta de las vacaciones, una realidad muy distinta a la que él vive día a día: “Nosotros tenemos vacaciones todos los días, porque vamos a donde queremos. Aquí tenemos todo cerca, tenemos el mar, tenemos los lagos”, sostiene Víctor.

El artesano no sólo dedica tiempo a sus visitas, sino también a su trabajo: “Yo no trabajo apurado, cuando con la vieja trabajamos apurados siempre se nos hacen tira las cosas. O cuando ando nervioso o con problemas, yo empiezo a pulir una pieza y se me rompe. Cuando me pasa eso, yo hago a un lado el trabajo, voy a dar una vuelta y hago otra cosa. Y vuelvo y se me pasa lo nervioso y sigo trabajando y no quiebro nada”.

“a lo mejor el cariño que tiene la cerámica llama a la gente (...) Yo no trabajo apurado, cuando con la vieja trabajamos apurados siempre se nos hacen tira las cosas"

Gorbea también le enseñó al artesano a cuidar y conectarse con la naturaleza: “aquí yo aprendí a abrazar un árbol, aprendí a cuidar los ríos, tantas cosas que uno aprende… a mirar la luna en la noche”. Al igual que su padre siente gran admiración por el pueblo mapuche y ha aprendido mucho ellos: “Nosotros vivimos arrasando y no agradeciendo nada […] el mapuche nació agradeciéndole a la Tierra”, afirma.  


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**Este es el sexto de una serie de artículos e investigaciones dedicadas a los oficios tradicionales, obra de nuestra gran colaboradora Christine Gleisner @christine_gv


[1] Rodrigo Mena y Doina Munita, Lo que el tiempo se llevó. Revisión de Gorbea-3, un antiguo eltun en la cuenca del río Donguil, Colecciones Digitales, Subdirección de Investigación, Servicio Nacional del Patrimonio Cultural, 2018.

[2] Ibid, p. 2

[3] Ibid, p. 23

[4] Ibid, p. 18

[5] Ibid, p. 22

[6] Taller de Cerámica del Programa de Artesanía de la Universidad Católica de Temuco.

[7] Sistema de información para la gestión para el Patrimonio Inmaterial (SIGPA), Sergio San Martín Muñoz. Disponible en: http://www.sigpa.cl/ficha-individual/sergio-san-martin-munoz

[8] Alicia Cáceres y Juan Reyes, Artesanía urbana en Chile, Ministerio de las Culturas, las Artes y el Patrimonio, Santiago, 2018, p. 97.

[9] Centro Cultural de Gorbea recibe nombre de Sergio San Martín Muñoz, Araucanía Noticias, 18 de noviembre de 2018. Disponible en :  https://araucanianoticias.cl/2018/centro-cultural-de-gorbea-recibe-nombre-de-sergio-san-martn-muoz/1118154341

[10] El artesano se refiere a la Feria de Artesanía Tradicional de la Universidad Católica en el Parque Bustamante.

[11] Pilar Navarrete, A todo chancho, Diario La Tercera, 20 de septiembre de 2018. Disponible en: https://www.latercera.com/masdeco/a-todo-chancho/