El amor por un oficio milenario

Suaves bufandas de lana de alpaca en distintas tonalidades grises, ruanas y ponchos color vicuña de cuidadas terminaciones son algunas de las piezas tejidas por Berta Quispe, artesana de la Región de Arica y Parinacota, en una pintoresca localidad ubicada en el altiplano a más de 3.500 metros de altura. Entre las cumbres nevadas de los Andes y verdes terrazas andinas salpicadas de llamas, Berta traspasa a través de cada de sus prendas su cariño por las costumbres, tradiciones y el arte textil de su pueblo, herencia que aprendió en sus primeros años de vida.

Los primeros pasos: pastoreo de los animales y la limpieza de la lana

Los padres de Berta eran quechuas de Ayachucho, quienes le enseñaron la lengua y el arte del tejer. La familia poseía rebaños de corderos y llamas que pastoreaba de pequeña junto a su hermana: “cuidábamos las ovejas que tenían crías, mientras que mi papá se iba a otro lado con los corderos machos, porque estaban divididos. Los llamos machos también los pastoreaba mi papá junto con los corderos”, recuerda la artesana y agrega: “teníamos hartos corderos… Yo miraba como mi papá limpiaba la lana y pastoreaba en el campo… hilaba y torcía la lana y todo eso”.

Ya más grande, cuando tenía cerca de 8 años, Berta aprendió los pasos previos a tejer. Primero su madre esquilaba la lana de la oveja o del llamo, la que ella luego ayudaba a limpiar: “la lana viene con suciedad, como los animales comen en el pasto, están llenos de paja o duermen en el corral… todo eso hay que limpiarlo primero”, explica.

Hilando en la pushka y tejiendo las primeras piezas

El siguiente paso que aprendió la pequeña Berta fue comenzar a usar la pushka o rueca:

“La pushka es un palito que tiene una cosita abajo para dar vuelta. La lanita se envuelve como pelotita, cuando una la limpia, hay que tirarla y tirarla como una tirita anchita y de ahí se forma la pelotita y de ahí se empieza a hilar con la pushka. Primero se hila de una hebra, después otra hebra y luego se juntan las dos hebras y se tuerce la lana, se hace una pelotita y después hay que madejar, se lava y de ahí recién se teje.”

En ese tiempo se usaban colores naturales o bien su madre teñía la lana blanca con polvos color verde, naranja, entre otros. Las primeras piezas que Berta confeccionó fueron pequeños chalecos y faldas para sus muñecas, tejidas a palillos de ramas de tola verde o chilca, arbustos típicos del altiplano. “Los palitos se limpiaban por encima con un cuchillo y se formaban las puntas raspando bien para que se pudiera tejer la lana”, recuerda la artesana.

En su adolescencia Berta se aventuró a tejer prendas más grandes, como faldas o bolsos para los cuadernos y a los 20 años ya tejía piezas de lana de alpaca y cordero para la venta, como cuellos, ponchos, bufandas, chalecos para niños y canguros para bebé.  

Valorando el oficio

Para Berta lo bonito de su oficio es que está relacionado con mantener vivas y rescatar las tradiciones y costumbres de su pueblo:

“Cuando llegan turistas yo siempre les hablo de las festividades… porque cada pueblito tiene sus costumbres. Por ejemplo, acá en Putre tenemos en febrero los carnavales que duran una semana, en mayo muchos pueblos celebran las cruces de mayo, se visten las cruces, se traen las cruces de los cerros, después las visten y después de una semana las llevan a la iglesia y luego las llevan a los cerros… Luego el viene pachallampe, el sembrado de la papa, acá en noviembre, también bailan bonito. Entonces yo siempre les hablo de las costumbres de acá del pueblo…”

En opinión de la artesana, conocer el trabajo que hay detrás de cada prenda ayuda al turista a valorar el producto, para lo cual siempre les explica la diferencia entre el tejido a máquina y el tejido a palillos o a telar que tarda mucho más. Cada vez que vende una prenda, como por ejemplo un chal de alpaca, Berta les detalla todo el proceso de confección: desde limpiar, hilar y torcer la lana hasta el producto final. Finalmente, siempre les recomienda tratar la pieza que se adquiere con mucho cuidado: “los tejidos de alpaca no se pueden echar a la lavadora, hay que lavarla a mano, en agua fría con un jabón suave y enjuagar con soft, dejar que el agua escurra y después tenderla…”, agrega.

Prendas únicas

Uno de los aspectos que más destaca la artesana de su oficio es que cada tejido hecho a mano es único e irrepetible: “hay diferentes manos, hay unos que tejen más suelto, otros que tejen más apretado, entonces cada tejido es único y no se puede comparar con el de otra persona”, enfatiza. Sus tejidos, por ejemplo, no son ni muy apretados, ni muy sueltos “de término medio” explica riendo y agrega: “lo importante es que se vea bien la prenda, que la lana esté limpia y que tenga buenas terminaciones.” Sus colores predilectos son el plomo marengo, el plomo plata y el vicuña, que son los que también más gustan a sus clientes. Actualmente teje principalmente lana de alpaca, que por su suavidad y textura es muy cotizada por los turistas, especialmente europeos. En este sentido, uno de los principales desafíos que enfrenta Berta es que continúe el interés por el tejer y vestir piezas tejidas a mano.

Hoy en día Berta recorre el altiplano de Chile, Perú y Bolivia comprando lana o bien encargando piezas a otras artesanas, difundiendo así el amor por el arte que ella espera sea traspasado a las futuras generaciones, “ojalá que nunca se perdieran las costumbres y tejidos de nuestro pueblo”, agrega esperanzada.

*Este es el segundo de una serie de artículos e investigaciones dedicadas a los oficios tradicionales, obra de nuestra gran colaboradora Christine Gleisner @christine_gv